Hoy nos deja Manolo, y con su partida se apaga una luz que durante años iluminó con fuerza el mundo del ajedrez y los corazones de quienes tuvimos la dicha de conocerle. Su pasión por el ajedrez no era solo un juego: era una forma de vivir, de pensar, de compartir. Como presidente de su club durante 20 años y presidente de la FECLA, impulsó con entrega incansable el crecimiento de este noble deporte, al que dedicó mente y alma. Pero más allá del tablero, Manolo fue siempre un gran jugador de la vida.
Amigo de sus amigos, generoso hasta el último gesto, siempre tuvo una palabra amable, una sonrisa sincera y tiempo para una charla —de esas que no tienen final, porque cuando uno hablaba con Manolo, el tiempo se detenía. Su predisposición era total: para ayudar, para escuchar, para estar presente cuando más se le necesitaba. Siempre dispuesto, siempre cercano.
Nos deja un deportista ejemplar, un líder comprometido y, sobre todo, una persona buena, de esas que no abundan. Su legado permanecerá en cada torneo, en cada partida que inspire a las nuevas generaciones. Pero, sobre todo, vivirá en los recuerdos de quienes lo quisimos y aprendimos de él cada día.
Hasta siempre, Manolo. El jaque mate final no te lo lleva el tiempo, sino la memoria viva de todos los que te llevamos en el corazón.










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